LOS TRANSGÉNICOS EN DEBATE

Por Javier Carrera-Andrade
Junio 2017

¿Qué son los transgénicos y por qué los agroecólogos luchamos contra ellos? Un
resumen de los aspectos relevantes de esta discusión.
Desde hace varios años hay un candente debate en torno a los transgénicos en
América Latina. Países como Colombia, Chile y México han cedido a su introducción y
cultivo, otros como Costa Rica van creando territorios libres de transgénicos por exigencia
de la población, mientras que Perú se mantiene legalmente libre de semillas modificadas
genéticamente. Ecuador, por medio de un veto del ex Presidente Rafael Correa al que se
sometió la mayoría parlamentaria del partido gobiernista, acaba de aceptar la introducción
de semillas y cultivos transgénicos “con fines de investigación solamente”.
Este debate ocurre nuevamente de espaldas a la población, que es la que debería
decidir sobre una decisión que puede afectar profundamente su economía y alimentación.
El presente artículo es un intento por esclarecer algunos aspectos fundamentales de la
argumentación desde la agroecología, para ayudarnos a tener una opinión informada.
¿Qué son los transgénicos?
La principal característica que tenemos los seres vivos es nuestra capacidad de
reproducirnos. La mayoría practicamos lo que se conoce como reproducción sexual,
donde hijos e hijas son una mezcla de sus padres. Para crear un nuevo ser, padre y
madre mezclan su “información genética”, es decir, las características propias de cada
uno, que han heredado a su vez de sus padres y abuelos. Esta información está
organizada en “genes”, unidades de información hereditaria que se guardan dentro de la
célula reproductiva, en una estructura física llamada Ácido Desoxiribonucleico, o ADN.
¿Qué tipo de información puede haber en un gen? Por ejemplo puede estar el color
de tus ojos. O el tamaño del cuerpo. O la resistencia a una enfermedad. Todo lo que
somos físicamente al nacer, proviene de los genes que heredamos.
Cuando hacemos selección, por ejemplo para tener una semilla más productiva, o
una raza de perro más colorida, estamos apoyando a ciertos genes para que tengan más
presencia en la raza o variedad. Lo hacemos mediante la eliminación de los individuos
que no tienen la característica que buscamos, y mezclando aquellos individuos que si la
tienen, para potenciarla. Debemos hacerlo durante varias generaciones, hasta conseguir
que la característica buscada aparezca siempre en esa raza o variedad. Así es como se
ha realizado la selección desde el principio de la agricultura y la crianza de animales.
Hay límites a lo que se puede cruzar. Podemos mezclar distintas razas de perros,
pero no podemos cruzar un perro con un gato, porque pertenecen a especies distintas.
La ingeniería genética toma un atajo para realizar la reproducción genética:
mediante técnicas de manipulación microscópica, se mete directamente en la célula
reproductiva de un ser vivo, corta fragmentos de ADN que contienen características que
interesan a los ingenieros genetistas, y los pega la célula reproductiva de un ser de una
especie diferente. Con esto, la ingeniería genética cruza especies que en la naturaleza
jamás habrían podido mezclarse, como perros y gatos, o incluso entre reinos diferentes
como bacterias y plantas.
Suena eficiente, ¿verdad? Parece que los ingenieros genéticos fuesen una
novedosa clase de magos, capaces de crear nuevos seres, uniendo partes de animales,
plantas, bacterias, hongos. Quienes defienden a los transgénicos nos tratan de pintar un
futuro donde la naturaleza será diseñada por técnicos humanos, para nuestro total
beneficio, con cultivos muy productivos y resistentes, con alimentos perfectamente
diseñados. Y sin embargo, muchas personas se oponen drásticamente a esta tecnología,
desde grupos religiosos hasta científicos experimentados, desde activistas sociales hasta
consumidores independientes. La población europea mantiene un rotundo No a los
cultivos y productos transgénicos, en franca oposición a sus propios gobiernos; de igual
manera, en el resto del mundo la oposición informada es enorme y crece cada día. Ya son
31 países los que prohíben o restringen fuertemente los cultivos transgénicos, y el número
va en aumento.
¿Por qué esta oposición tan radical? ¿Cuáles son los problemas que esta tecnología
causa, que preocupan a personas de tan diverso origen y ocupación?
Investigación ¿Para quién?
Debemos aclarar que, si bien hay experimentos transgénicos con muchos cultivos,
se han sembrado comercialmente principalmente estos cinco: la soya, el maíz, el arroz, el
algodón y la colza (o canola). En 2014 se sembraron 180 millones de hectáreas con
transgénicos (15), lo que representa el 12% de la agricultura mundial. El 88% de los
cultivos siguen libres de transgénicos.
Hasta hace unos 30 años, la mayor parte de la semilla comercializada a nivel
mundial pertenecía a productores particulares y a investigadores del sector público. En
solo tres décadas, un puñado de empresas ha conseguido apropiarse del 82% del
mercado mundial de semillas (1). Las principales son: Monsanto, DuPont, Syngenta,
Limagrain, Bayer. La investigación en transgénicos ha sido financiada principalmente por
estas empresas, y lógicamente se ha orientado según sus intereses comerciales.
Estas empresas mantienen el mito de que trabajan para beneficio de la humanidad,
y para el efecto de vez en cuando financian investigaciones que se pueden publicitar
como ejemplos de altruismo. En 2002 por ejemplo hizo fama en la prensa mundial un
proyecto de investigación en camote (Ipomoea batatas) transgénico resistente a ataques
virales realizado en Kenya con apoyo de Monsanto. La Dra. Florence Wambugu recorrió
el mundo promocionando el nuevo cultivo como una solución al hambre en África. Tres
años después, silenciosamente, el proyecto fue cancelado: no solo el nuevo camote era
menos resistente, era además menos productivo que algunas de las variedades
convencionales.
El ejemplo de la Dra. Wambugu es muy educativo, pues nos muestra la forma de
operar de la propaganda que identifica a los transgénicos con el progreso. El nuevo
camote aumentaba supuestamente la productividad de 4 a 10 toneladas por hectárea,
hecho del que la prensa internacional inmediatamente hizo eco. Luego se supo que una
producción de 10 toneladas era normal para muchas variedades en la región. El camote
de la Dra. Wambugu no logró producir ni siquiera eso, tras doce años de investigación,
pese a contar con unos seis millones de dólares de financiamiento provenientes de
Monsanto, USAID y el Banco Mundial.
Mientras tanto, un equipo de técnicos en Uganda logró crear una nueva variedad de
camote, usando técnicas tradicionales, que duplicaba la productividad y era
verdaderamente resistente a virus. Y lo logró en pocos años, con reducido financiamiento.
(2)
El rol reconocido de las corporaciones es lograr el máximo beneficio económico para
sus accionistas, de forma directa e inmediata. El altruismo es contraproducente para ese
fin, por ello no podemos esperar que las grandes empresas inviertan seriamente capital
en investigaciones que nos beneficien. Los transgénicos son el resultado de la
investigación orientada al beneficio de las transnacionales; el sector público nunca habría
invertido fondos en desarrollar una tecnología tan costosa, poco efectiva y peligrosa,
existiendo opciones más baratas, efectivas y seguras.
Aunque la propaganda de las corporaciones continuamente menciona
investigaciones orientadas al bienestar de la población, en la práctica solo dos tipos de
tecnología transgénica se han expandido por el mundo: el BT y el RR.
Las plantas con tecnología BT tienen incorporados genes de una bacteria que mata
insectos, el Bacillus thuringiensis. Son plantas insecticidas, que afectan a un amplio
espectro de invertebrados.
Las plantas con tecnología RR o Roundup Ready, tienen un gen de resistencia al
glifosato, uno de los más dañinos herbicidas que se han creado, con impactos en la salud
humana y ambiental. La estrategia del cultivo es aplicar el herbicida Roundup, cuyo
ingrediente activo es el glifosato; las plantas RR sobreviven, todas las demás mueren.
Según la misma industria, en el 2016 el 47% de los transgénicos sembrados eran
resistentes a herbicidas, el 12% resistentes a insectos, y el 41% una combinación de
ambos. Es decir que 88% de los transgénicos sembrados en el mundo, están
relacionados con productos químicos para control de plagas, propiedad de las mega
transnacionales (18).
Productividad
Muchos productores compran semilla transgénica suponiendo que aumentarán su
producción. Pero de acuerdo a varias investigaciones independientes, el aumento en la
productividad no es nada seguro (3).
Algunos científicos sostienen que debido a las modificaciones en su material
genético, el metabolismo de los cultivos transgénicos es ineficiente. Es decir, no logran
alimentarse adecuadamente. Y hay además otros factores que pueden afectar la
productividad. Por ejemplo, el mayor uso de agroquímicos en cultivos transgénicos
destruye el suelo aún más rápido que en los monocultivos convencionales, reduciendo la
productividad en pocos años. Por otra parte, los transgénicos pueden ser creados para
resistir alguna plaga o enfermedad, pero su extrema uniformidad genética los hace
vulnerables a todas las otras plagas y enfermedades.
El uso exagerado de herbicidas, sin los cuales los transgénicos no pueden competir,
ha provocado la aparición de “super malezas” que han adquirido los genes de resistencia
de los transgénicos RR. El caso más conocido es el del Amaranthus palmeri, un pariente
silvestre del amaranto cultivado también llamad maleza de cerdo (pigweed), que en 2014
amenazaba ya 1.5 millones de hectáreas de algodón en el sur de EEUU (16).
Estos y otros factores, combinados, han provocado descensos en la productividad
de los cultivos transgénicos que van desde leves hasta impresionantes en varias regiones
del mundo.
Un caso cercano es el de la zona algodonera del departamento de Córdoba, en
Colombia. En esta región, debido a la introducción de algodón transgénico, el rendimiento
bajó de 2000 kg/ha en 2010 a 1400 kg/ha en 2011, provocando una pérdida de 42
millones de dólares y dejando en la quiebra a cuatro mil empresarios grandes y pequeñas
familias de productores. En este periodo, Monsanto tuvo en la región ganancias por 14
millones de dólares debido a la venta principalmente de los agroquímicos asociados a su
semilla transgénica. La compañía culpa del fracaso de los cultivos al mal clima y a las
malas prácticas de los productores. Éstos acusan a Monsanto de desinformación y de
vender semilla de mala calidad. Las organizaciones sociales señalan irregularidades en el
proceso de aprobación para la comercialización del transgénico, y de que éste era
inadecuado para la situación real del campo colombiano, pues no presenta resistencia
contra la plaga más común de la zona, el picudo (Anthonomus grandis) (4).
Pero si los transgénicos tienden a reducir la productividad, ¿por qué los productores
siguen comprándolos? Nuevamente, hay un cúmulo de factores que intervienen. El caso
de los algodoneros de Córdoba es sencillo: Monsanto ha logrado un monopolio total en la
región, y ya no hay otra semilla disponible en el mercado. No tienen opción en este
momento. En otros países, la prensa y el apoyo gubernamental tienen un efecto disuasivo
muy importante, creando la imagen de que los transgénicos representan lo moderno y son
necesarios. Podemos mencionar ciertos factores productivos también: hay agricultores
dispuestos a aceptar un cierto nivel de descenso en la producción, a cambio de la
promesa de que los nuevos productos químicos les ayudarán a eliminar malezas o
plagas. Finalmente, la uniformización de la cadena alimenticia tiene mucho que ver, en
países donde las empresas que controlan el sector de la transformación, el transporte y la
venta imponen a los productores las variedades de semillas con las que deben producir.
En resumen, los transgénicos pueden aumentar ligeramente la productividad en
ciertos casos, pero por cortos periodos de tiempo. No hay casos en el mundo de aumento
importante y sostenido de la productividad, mientras que hay casos demostrados y
preocupantes de pérdida de productividad. Se logran mejores resultados con
mejoramiento tradicional de las variedades, a menor costo y con menos riesgos.
Rentabilidad
El otro aspecto importante es el económico, y aquí también hay ejemplos
preocupantes. En 1998 se detectó que un porcentaje de papayas en el estado de Hawai
estaban contaminadas con transgénicos. Cuando el escándalo estalló, varias
importadoras de alimentos cancelaron sus pedidos, especialmente en Japón. Se estima
que el 50% de la producción en Hawai se encuentra contaminada, lo que ha llevado a la
pérdida del mercado orgánico para los productores de la isla. La papaya transgénica
obtiene inevitablemente un precio bajo en el mercado, especialmente en comparación a
los interesantes precios que alcanza la fruta orgánica. Si bien no hay datos exactos, se
estima que la pérdida para el archipiélago llega a millones de dólares al año.
El mercado orgánico es el de más rápido crecimiento, y el que paga mejores precios.
No todos los países pueden aspirar a convertirse en potencias en este sector. Miremos
por un momento los casos de Ecuador y Perú: tierras fértiles, abundante agua en muchos
sectores, producción el año entero, una extraordinaria diversidad de pisos climáticos y de
cultivos, en el caso de Ecuador una constitución que declara al país libre de transgénicos
a la vez que habla de fomentar la agroecología y la soberanía alimentaria, y en el de Perú
una moratoria absoluta a los transgénicos y la construcción de una gastronomía de
reconocimiento mundial. Difícilmente podemos pedir condiciones más adecuadas. Ambos
países tienen un gran futuro como abastecedores de productos orgánicos, especialmente
fruta, granos y raíces. Un futuro brillante que se sacrificaría, si la constitución cambia o la
moratoria termina.
Es decir, estos países estarían sacrificando un mercado muy rentable para el que
tienen ventajas claras, a cambio de cultivar un producto que se vende a menor precio, es
menos productivo y tiene enormes impactos sociales y ecológicos.
No existen técnicas que permitan controlar la contaminación transgénica, por lo que
es imposible lograr una coexistencia entre cultivos transgénicos y otros convencionales u
orgánicos. El momento en que un cultivo transgénico es sembrado, contaminará
irremediablemente a toda la región.
Detengámonos por un momento en el caso del banano. En el año 2001 el Dr. Emile
Frison presentó a la prensa mundial el argumento de que el banano, al ser una planta
estéril reproducida por clonación (los esquejes o colinos), está en peligro de extinción
debido al ataque de enfermedades como la sigatoka. Debido a esto, según el Dr. Frison,
es necesario producir banano transgénico. Se demostró prontamente que esta
proposición es falsa: la misma FAO contradijo al Dr. Frison, señalando que el banano está
muy lejos de estar en peligro, ya que existe una gran diversidad de variedades en el
mundo. La sigatoka y otras enfermedades atacan principalmente a la variedad
Cavendish, y esto se debe directamente a la uniformización de los cultivos
agroexportadores con dicha variedad. Pero estos cultivos representan solamente el 10%
de la banana producida a nivel mundial, el resto se realiza por pequeños productores, que
siembran cientos de variedades resistentes a enfermedades. La sigatoka solo es un
problema para los agroexportadores que han uniformizado sus cultivos con la variedad
Cavendish.
La planta de banana puede producir semillas viables, si se realiza polinización
manual. Esta técnica ha sido usada durante milenios por campesinos, especialmente en
el sudeste asiático de donde proviene, para producir semilla resistente. Varias
investigaciones están en curso para crear variedades resistentes a la sigatoka, con
calidad de exportación, a partir de variedades tradicionales. La modificación genética no
es necesaria, y es contraproducente desde el punto de vista económico. Los
investigadores que proponen crear banano transgénico en Ecuador deberían analizar el
caso de la papaya en Hawai. ¿Vale la pena perder para siempre el mercado creciente de
banano orgánico, para producir fruta débil que se venderá a menor precio? ¿Qué les dirán
a los actuales exportadores de banano orgánico, que perderán con toda seguridad sus
mercados, cuando la contaminación transgénica se haya diseminado por los campos?
Nos dicen que necesitamos investigación transgénica para poder enfrentar los
problemas de este mundo cambiante. Pero las técnicas tradicionales de selección pueden
realizar un mejor trabajo, a partir de las semillas ancestrales, y sin riesgos. ¿Necesitamos
un maíz adaptado a la sequía? Ya existe: la variedad tusilla, procedente de la costa
ecuatoriana. ¿Una papa adaptada a las heladas? Hay cientos de ellas en los andes
peruanos y bolivianos. ¿Un tomate resistente a la sal? También, en las Galápagos. ¿Un
vegetal más nutritivo? Los hay por miles, en la diversidad de semillas creadas por
campesinos y campesinas a nivel mundial. Con toda esa semilla, se puede realizar
mejoramientos usando técnicas sencillas, para beneficio de la humanidad.
Salud
Los transgénicos fueron liberados para la venta sin que se hayan realizado estudios
adecuados sobre el daño que pueden causar a la salud.
En octubre de 1998, un vocero de Monsanto dijo a la prensa “Monsanto no tiene por
qué demostrar la seguridad de los alimentos biotecnológicos. Nuestro interés es vender lo
más que podamos. Demostrar su seguridad es trabajo de la FDA.” La FDA es la
Administración de Drogas y Alimentos de los Estados Unidos, organismo encargado de
controlar la calidad de los alimentos en dicho país. Y efectivamente, la FDA aprobó la
venta de alimentos transgénicos basada en estudios que demostraban que éstos eran
seguros. Un pequeño detalle: dichos estudios provenían de las mismas empresas que,
como Monsanto, querían venderlos.
Desde entonces el debate ha sido intenso en los Estados Unidos y en el mundo
entero. Parte del problema se debe al secretismo que rodea a la investigación
transgénica, basada en derechos de propiedad intelectual que impiden a terceros acceder
a la información clasificada de las empresas. Es decir, la FDA basó su decisión en
estudios secretos de las propias transnacionales, que nunca fueron publicados ni
evaluados por la comunidad científica.
Algunos estudios sin embargo han llegado a manos del público, y han sido criticados
por la comunidad científica, que ha señalado mala interpretación de datos, pobrezas
estadísticas, muestreos inadecuados, tiempos de prueba ridículamente cortos.
Hay pocos estudios bien realizados, y por científicos independientes, que no estén a
sueldo de las compañías involucradas. Y esos pocos plantean serias dudas respecto a la
seguridad de los alimentos transgénicos. Los experimentos realizados en ratas de
laboratorio demuestran por ejemplo cambios en la composición sanguínea (5), reducción
en plaquetas (6), alteración en el esperma y color de los testículos (7), alteración del ADN
del embrión (8), alargamiento del intestino delgado y mutación de las células intestinales
(9), cambios estructurales y alteración genética en el hígado (10), alteración del sistema
inmunológico (11). Se demostró además que las alteraciones genéticas pueden
permanecer ocultas y aparecer recién en la tercera generación (12). Otro de los peligros
importantes es la transferencia de resistencia a los antibióticos, que todos los
transgénicos tienen, hacia virus y bacterias que pueden afectar la salud humana; hay
evidencias de que esto está ocurriendo, y si aumenta puede llegar a inutilizar los
antibióticos de los que dependemos para tratar algunas enfermedades graves.
Algunos casos de afectación a la salud han saltado a la luz pública
espectacularmente. En 1989 la empresa japonesa Showa Denko K. K. comercializó en
Estados Unidos un aminoácido llamado triptofano, producido con una bacteria alterada
genéticamente. Durante varios años, la misma empresa había vendido triptófano natural
producido mediante fermentación sin problema alguno. Pero el triptófano transgénico
causó la muerte de 37 personas y lesionó gravemente a otras 1500 (13). Hay muchos
otros casos que permanecen ocultos debido a la falta de apoyo para realizar estudios, por
ejemplo los casos de malestar y enfermedad relacionados con el polen transgénico en
agricultores de zonas tropicales. Y hay efectos secundarios, como el aumento de
epidemias de dengue en Argentina debidas a la desaparición de sapos e insectos
controladores en zonas de soya transgénica que reciben mucha fumigación (14).
El uso de transgénicos como medicinas choca con un problema que no es exclusivo
de la ingeniería genética sino que tiene que ver con la industria farmacéutica en general.
Demasiado a menudo los medicamentos que se lanzan al mercado no cuentan con
estudios adecuados, de sus efectos positivos o negativos. Hay casos que parecen
positivos, como el de la insulina transgénica, pero en general estamos hablando de un
sistema en el cual el experimento se hace directamente con la población, sin su
consentimiento.
Problemas legales y sociales
Las empresas tienen derecho ahora no solo a patentar semillas, sino incluso genes
dentro de las semillas. Por ejemplo, digamos que yo planto maíz orgánico, y algún vecino
engolosinado con promesas de riqueza planta cerca un maíz transgénico. Al año
siguiente, yo planto nuevamente mi maicito, que por fuera se ve igualito… y de repente
vienen unos agentes que me acusan de haber robado los genes de una empresa. ¿Qué
sucedió? Pues que al cruzarse ambos tipos de maíz, el mío se contaminó con algunos
genes del maíz del vecino, y estos genes pertenecen a la empresa. Aunque la planta y la
semilla son mías, desde el punto de vista legal yo he “robado” a la empresa. Y me llevan a
juicio.
Este caso alucinante le sucedió al productor y fitomejorador de colza Percy
Schneider en Canadá, y les sucede cada año a miles de productores en Estados Unidos.
Percy tuvo relativa suerte: no perdió todo lo que tenía, aunque tuvo que aguantar diez
años de juicios y hoy el gobierno canadiense “recomienda” a sus agricultores no guardar
semilla. Los productores estadounidenses llegan a acuerdos secretos con las empresas,
por lo que no se sabe exactamente lo que les pasa. Monsanto tiene un presupuesto de
varios millones de dólares para llevar a esos agricultores a juicio, cada año.
Otro caso espectacular fue el de Indonesia, en 2001, cuando el gobierno convenció
a campesinos que se embarquen en un crédito para la adquisición de semilla de algodón
transgénico de Monsanto, junto con el paquete químico asociado. La compañía prometió
rendimientos de 3 a 4 toneladas por hectárea, razón por la cual muchos campesinos se
embarcaron en el crédito, a pesar de que el costo de este paquete era 16 veces mayor al
de la semilla local. Pero el rendimiento real fue en promedio de solo 1,1 toneladas por
hectárea, y el 76% de los campesinos no pudieron pagar el crédito, lo que llevó a
protestas y al cierre de la operación por parte de Monsanto en el país en 2003, acusando
al gobierno del desastre. En 2005, el Departamento de Justicia de los EEUU condenó a
Monsanto al pago de 1.5 millones de dólares, cuando se demostró que había practicado
el soborno para obtener los permisos necesarios para su operación en Indonesia (17).
Conclusión
En la naturaleza los cambios genéticos se dan evolutivamente: el ambiente cambia,
y las plantas se adaptan, buscando siempre las mejores condiciones para aprovechar los
recursos que encuentran en su entorno;a esto se suma la intervención humana para
adaptar lentamente las plantas a sus necesidades en el contexto ambiental de cada
región. Pero los cambios realizados por la ingeniería genética no tienen relación alguna
con el entorno, no representan adaptación a condiciones reales. No son evolutivos. Y
tampoco responden a los gustos y necesidades de los consumidores.
La manipulación genética actual está fuera de control, beneficiando a un pequeño
sector económico con costos enormes para el resto de la sociedad.
El Ecuador y el Perú deberían mantenerse libres de semillas transgénicas, como
parte esencial de su estrategia de soberanía alimentaria, como salvaguarda de futuro
desarrollo económico, y como refugio de biodiversidad para beneficio de la humanidad. El
resto de países deberían seguir el ejemplo de Costa Rica, donde la ciudadanía ha ido
liberando sus territorios de transgénicos. Los estudios para desarrollar medicinas y otros
compuestos con biotecnología deben ser analizados con extremo cuidado, y no deben ser
liberados sin antes haber sido correctamente analizados por la comunidad científica. Los
alimentos que contengan transgénicos deben ser etiquetados como tales, para que la
población pueda elegir entre ellos y alternativas más saludables, en sana democracia de
mercado. Pero sobre todo, como sociedad debemos invertir en tecnologías menos
costosas, más seguras y más soberanas, que ayudarán a nuestros pueblos a levantarse
económicamente de forma sostenible en armonía con el ambiente.
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